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La unión, principal arma de Barcelona en la Copa

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Ese abrazo del alma sobre el pasto de un estadio Vila Belmiro mudo y absorto tras el triunfo 0-1 ante Santos en Brasil sintetiza el gran momento que vive Barcelona: más allá del gran rendimiento futbolístico que lo tiene en semifinales de la Copa Libertadores de América luego de 19 años, es un grupo férrea y maravillosamente unido.

Comulgan todos con el mismo objetivo, desde el presidente José Francisco Cevallos, pasando por el cuerpo técnico de Guillermo Almada, hasta el plantel de jugadores, personal de utilería, administrativo e hinchada. “Un solo puño”, como canta la barra, en pos de ganar la ansiada y dos veces esquiva Copa Libertadores de América (Barcelona fue finalista en 1990 y 1998).

“Queremos que Barcelona vuelva a ser el coloso de América”, había prometido José Francisco Cevallos en tiempos de la campaña que lo llevó a captar el manejo institucional del equipo más grande del Ecuador en octubre de 2015, junto a Alfaro Moreno y Alfredo Cuentas, también artífices de esta gesta, el primero desde lo deportivo y el segundo en el ámbito financiero, donde se libra otro difícil partido semana a semana (la Copa ayuda: el club ya ha embolsado 4'750.000 dólares por premios; fuera de taquillas).

Influye mucho también la presencia de otros dos históricos en la directiva: Jimmy Montanero y Nicolás Asencio, siempre cerca del plantel, transmitiendo a los jugadores ese sentido de pertenencia a los colores que se defienden, pues de eso saben mucho porque lo dieron todo y fueron protagonistas de enormes gestas a nivel nacional e internacional; de más está decir que estuvieron a punto de ser campeones de América en la década de los 90’.

Por eso nos atrevemos a decir que la principal virtud de este equipo es la unión. Conmueve ver la solidaridad de los jugadores en cancha, la entrega, la voluntad, la solidaridad, el compromiso. No hay egoísmos. Ni “vedetismos”. Cada quien cumple su función y le agrega un plus desde lo anímico y lo físico (lo futbolístico no se discute). Por eso el equipo se mueve como un relojito suizo. Con un Máximo Banguera impecable en el pórtico, custodiado por una zaga seria y segura, con dos jóvenes centrales que juegan como viejos experimentados, Xavier Arreaga y Darío Aimar; dos laterales con proyección, Pedro Pablo Velasco por derecha y Beder Caicedo por izquierda, en reemplazo de Mario Pineida. En el mediocampo destacan la garra de Matías Oyola, la fortaleza de Gabriel Marques, el talento de Damián Díaz, la habilidad de Ely Esterilla, la velocidad de Marcos Caicedo; y en punta la capacidad goleadora de Jonatan Álvez.

No desentonan nunca cuando entran como variantes José Ayoví, Wacho Vera, Erick Castillo, Oswaldo Minda, Ariel Nahuelpan, Segundo Castillo y Damián Lanza. Barcelona tiene un plantel cualitativamente exquisito. Y sigue tumbando gigantes.

No es poco lo que se ha logrado: acaba de dejar en el camino a un equipo que ha ganado tres Copas Libertadores (1962, 1963 y 2011) y medirá en semifinales a Gremio, que busca su tercera Libertadores tras los títulos de 1983 y 1995.

Barcelona ha demostrado que está para enfrentar de igual a igual a cualquiera; dependerá de la concentración y humildad de los jugadores seguir avanzando por el agobiante, pero hermoso trajinar del camino a una nueva final.